El circo llegó al pueblo

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Tom Waits es de los pocos artistas cuya obra puede describirse con su propio adjetivo. Y es que el de Pomona, California, ha forjado a lo largo de casi cuarenta años un trabajo personalísimo, sin concesiones y con una estética muy particular.

Por Esteban Cisneros

Lo tomwaitsiano evoca imágenes: Bares sórdidos, cabarés ambulantes, callejuelas oscuras; un universo de solitarios decididos a consumirse en el alcohol, en los acordes de un piano o en un viaje esquivo por carreteras secundarias y a dedo. Esto no quiere decir que Waits (1949) y su obra sean unidimensionales. Al contrario. La profundidad de sus textos raya en la poesía, aunque él lo niegue. Su registro musical es, cuando menos, contradictorio: A veces inscrito en la canción más tradicional (el blues, la chanson, el folk) y a veces clavado en la vanguardia, la música concreta y la experimentación concienzuda. Todo eso, a veces, en un mismo tema.

Por eso cuando hay un disco nuevo de Tom Waits ya se sabe qué esperar. La consistencia de su trabajo recae en obedecer únicamente a su instinto creador. Bad as Me, su álbum número 17, es una colección más de canciones de un hombre que lo ha hecho todo y que se ha dado cuenta de que el quid no está en presentar algo nuevo, sino en hacer algo honesto.Y es que lo suyo no es un trabajo de genio: Es el corazón abierto de un hombre lúcido.

Anti-rock, teatral, Tom Waits resulta mucho más subversivo que muchos artistas que se asumen (y, paradójicamente, se venden) como tales. Siempre prefirió estudiar a Louis Armstrong, a Howlin’ Wolf y la música de los espectáculos de vaudeville que seguirle el juego a Deep Purple. Se nota en su música una inmersión en la vida beat de Jack Kerouac, los heroicos excesos de Charles Bukowski y la crítica corrosiva de Bertolt Brecht. Su voz es una de las grandes de la música. Pero no es un timbre agradable, ni siquiera una voz educada, sino una ronquera expresiva, formidable y gutural que le debe mucho a Screamin’ Jay Hawkins. Lo mismo declama que grita como alma en pena. Waits es inconfundible al cantar y en Bad as Me le escuchamos no sólo un timbre de experiencia y sabiduría:También le da por berrear, jugar al crooner (Bing Crosby siempre fue su héroe), arrastrar las palabras cual bluesman con pantalones llenos de lodo o gritar con euforia de profeta.

El disco abre con “Chicagoâ€, que tiene ritmo de marcha de tren y un aire expectante. “There aren’t enough right raised men†es un furioso blues que no estaría fuera de lugar en un cancionero clásico. “Talking at the same time†funciona perfectamente como el tema de los créditos para una película de su amigo Jim Jarmusch. Deudora del gritoncísimo soul sureño, no se ahorra alaridos rabiosos. Y por el mismo rumbo anda “Get lostâ€, una joya que tira hacia el rockabilly más primitivo. El sonido Big Sur sigue presente en “Face to the highwayâ€, que es una road movie hecha canción. En “Pay me†nos encontramos a Waits en una cantina de mala muerte, acompañado de un lánguido acordeón. En la vena folk está “Back in the crowdâ€, mientras que la que da título al disco es una gritona canción de amor para su esposa Kathleen Brennan (“Dices que eres mala, eso es bueno para mí…â€)

“Kiss me†es una balada iracunda escupida por un viejo aparato de radio, mientras que “Satisfied†(con Keith Richards de invitado) es un pantanoso boogie eléctrico. Pero el punto álgido llega con “Hell broke luceâ€, que sólo puede describirse como épica: Una especie de visión de William Burroughs con melodía. Tom Waits lo ha hecho de nuevo. No busca el hilo negro; luego, lo encuentra. Para el fan, Bad as Me resultará todo un aquelarre. Para el neófito, una excelente iniciación al retorcido universo tomwaitsiano. El circo llegó al pueblo.

9.0

Tom Waits
Bad as Me
Anti Records, 2011