Crystal Castles pasa de la fiesta a la introspección

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Al borde, siempre se vislumbra el final. O por lo menos el cambio. Los canadienses de Crystal Castles llegaron al extremo opuesto de su propuesta y en lugar de adentrarse a la selva prefirieron rodearla, no en un acto de cobardía sino de entereza.

Después de hurgar en el estilo ochentero con cierto mordisco hacia melodías más propias de videojuegos que de música netamente electrónica, Crystal Castles cambió fiesta por tranquilidad.

Si con su debut la pista de baile yacía a unos milímetros de sus canciones, en su segundo trabajo (homónimo también, para mantener ese halo de misterio que siempre los ha caracterizado) viajan aferrados a una nube de tranquilidad armónica que ha caído como tormenta de nieve sobre sus más acérrimos fanáticos, que aún no salen del sopor tras escuchar a su banda favorita en clave ambiental y sin ese punch agresivo en cuestiones vocales, donde la violenta garganta de Alice Glass desgarraba al tímpano, mientras que los sintetizadores y samplers de Ethan Kath estaban untados con sustancias volátiles. Aunque su historial no esté impoluto (varias demandas por plagio tanto en música como en imagen, que en el fondo tienen más que ver con “préstamos†creativos que con falta de ideas), este segundo álbum genera la credibilidad que faltaba para considerarlos un proyecto para atesorar o clavarle la gracia de la atención. Y es que CC ya salió del oleaje hype y se alejó de la fogata nu-rave que tanto calienta a las masas, para incrustarse de forma férrea en el futuro que, dicho sea de paso, ya no se ve incierto.

Lo mejor es que tanto Ethan como Glass dejaron el under y no está de más destacar la producción brillante como lingote de oro que exuda el álbum, que contrasta notablemente con su sonido oscuro, sombrío y nocturnal que, aunque sereno, no deja de turbar el oído.

Con un rango dinámico más fluido y “humanizadoâ€, Ethan y Glass ajustan la maquinaria festiva que tanto furor causó para quitarle músculo y meterle paz y parsimonia. A pesar de un arranque muy a su estilo agresivo desgarrado con “Fainting spells†(donde está presente el caos musical circense que los hizo famosos), cambian a un sonido con inequívocos signos
de quietud armónica que por momentos se alebrestan por flujos de aire salidos de un ventilador dance downtempo. Es cierto: aún se escuchan como música original del clásico juego Space Invaders… pero ahora mezclados con Berzerk. Así que para cuando llega el primer sencillo, “Celesticaâ€, un grupo muy distinto al que miles de personas escucharon hace dos años cobra vida de las cenizas del 8-bit, a la vez que retoma viejos cortes de sus inicios (como el vibrante “Baptism†en versión extendida y sin tantas vocales distorsionadas) y hasta realiza un cover de Platinum Blonde (“Not in loveâ€) con la voz de Glass más cercana a Karin Dreijer-Andersson (de The Knife) y sustancia melódica como arrancada del olvidado “Crockett’s themeâ€, que Jan Hammer compusiera para la serie “Miami Viceâ€.

Ambient, clubber pop, house y nu-rave son parte del cambio climático que Crystal Castles ahora goza en su planeta.

Por David Meléndez

9.1

Crystal Castles
Crystal Castles
Lies / Fiction, 2010