Si tu gusto no gusta del gusto que gusta a mi gusto

Publicado en/// La Miscelánea

Tener cierto gusto musical, vaya aprieto. Tengo un buen amigo, uno de esos intelectuales agudos, que cada que tiene oportunidad, me dice: “Blanc, es que a ti te gusta todo…†Y quizá tenga razón, aunque hay que matizar.

Por Enrique Blancc

Tener un gusto musical obedece en principio al capricho, a la decisión que uno toma acerca de si tal o cual sonido le gusta o no. Pero éste también está ligado a la vida de cada quien y a las canciones que, de manera voluntaria o no, uno escucha a lo largo de la vida. Yo no diría que me guste, por ejemplo, “Vete con ella†interpretada por Mayté Gaos en 1963 o “Dominique†en la voz de Angélica María, pero su sonido inequívocamente me lleva a los primeros años de mi infancia. Lo mismo podría decir de las canciones tempranas de Raphael y Rocío Dúrcal, a las que mi madre me acercó al llevarme sin preguntármelo a ver al cine sus películas de juventud.

Fue sobre todo a través de los muchos elepés que mi padre llevó a casa, que mi gusto musical fue formándose. Él, ingeniero de profesión pero melómano incurable, indagaba especialmente n los sonidos que en la década de los sesenta sonaban exóticos en un México más de boleros y rancheras. Él me acercó a Harry Belafonte, uno de los cantantes más extraordinarios de todos los tiempos, quien nos trajo a la sudafricana Miriam Makeba y a la griega Nana Mouskouri. Los sensacionales Indios Tabajaras, Simon & Garfunkel por supuesto, The Beatles, Bob Dylan, Cat Stevens, etcétera. Sonidos que me llevaron a refinar mi gusto y desarrollar un interés por aquello que sonaba lejos y nos contaba lo que sucedía en otros lugares.

Obvio, en la adolescencia opté por lo visceral, lo estrambótico, lo radical. Me hice metalero y, aunque fue una etapa que duró poco tiempo, alcancé a desarrollar cierto fanatismo por grupos como Kiss, que nos apantallaron a los adolescentes de aquellos días —y también a los de hoy— con sus espeluznantes conciertos llenos de lumbre, luces y diamantina.

Para bien, tal como le sucedió a los rockeros capitalinos con la llegada de los fronterizos del norte, un buen amigo norteño llegó a Guadalajara con una serie de discos que inclinaron la balanza hacia un rock mucho más interesado en la actitud que en la apariencia.Y entonces no sólo me acerqué a Tom Waits, Patti Smith, Elvis Costello y Bruce Springsteen, sino que recuperé a otros de mi pasado, Lennon y Dylan especialmente.

Sin embargo, la vida como periodista musical, si así puede llamársele a eso de escuchar discos o ir a conciertos y luego escribir sobre ello, me ha llevado por distintos derroteros que me han hecho darle valor a muchas otras expresiones musicales, a veces no tanto por su perfil artístico, pero sí por otras razones, su carácter antropológico entre ellas. Trabajando en Los Ãngeles en una estación de radio, tuve que hacer turnos al aire presentando canciones de músicos mexicanos como Los Bukis,Yuri y Los Yonics, para ganar un sueldo que me permitiera asistir a conciertos de los grupos que me llamaban la atención a fines de los ochenta, como Sonic Youth,The Replacements o The Pogues. Vaya ironía. Colaborando con Los Angeles Times, bajo la tutela del célebre Robert Hilburn —el único periodista que cubrió el concierto de Johnny Cash en la prisión Folsom—, lo mismo me tocó reseñar el histórico concierto de Caifanes en el Wiltern Theatre o la presentación de Inti Illimani en los colegios de Claremont, que el de Los Temerarios en el Sports Arena o el de Chayanne en el Universal Ampitheatre, por lo que mi gusto musical tuvo que volverse abierto y mirar a cada quien con una óptica lo más objetiva posible, lo cual, confieso ahora, no fue nada sencillo. Eso sí, los fanatismos siempre me han caído mal. Mucho más ahora que a través de internet cualquiera puede tener acceso a los sonidos más extraños o distantes o remotos del planeta. Obvio, cuando uno refiere a su gusto musical, supone que éste está regido por una escala de valores y es allí donde todo encuentra su lugar, su justa medida. Seguro no me gusta todo y no arrancaré aquí con una lista de los “artistas†que verdaderamente evito. Pero desde otra perspectiva podría decir que me interesa casi todo. El narcocorrido diría, por el carácter social que tiene. El flamenco, por su debate entre el purismo y la ruptura, lo mismo que el tango. Y, más allá, la champeta y el son jarocho y la bossa nova y el hip-hop y el afrobeat y el post rock y el folk y la etiqueta más estrafalaria que se acuñe mañana. La diversidad ante todo, y a favor de todos.

Tener cierto gusto musical, vaya delicioso aprieto.