Homo videns

Publicado en/// La Miscelánea

En el siglo XVII, Descartes afirmó aquello de “Pienso, luego existo”, pensamiento que le dio una gran tranquilidad a la humanidad. Desde entonces, se podía confiar en que:

1) Uno existía y
2) La realidad existía.

De esta manera, se podía ir por la vida sin preguntarse mayor cosa, y cuando llegaba alguien a contar que había hecho algo o había estado en algún lugar, uno podía confiar (a menos que se tuviera enfrente a un mentiroso reconocido) que aquello realmente había sucedido. Pero desde hace unos pocos años, eso ha dejado de funcionar. Parecería que si no existe una foto o un video que lo pruebe, no sólo el mundo entero duda que un cierto acto haya tenido lugar, sino uno mismo. No sé cuándo empezó a pasar eso, quizás fue con la llegada de los teléfonos celulares, porque ya se podía llamar a los amigos para contarles que en ese momento se estaba haciendo algo. Pero lo que sí tengo claro es que el fenómeno se consumó con las redes sociales. Ahí hay que mostrar que se es divertido, que se hacen muchas cosas, que se tiene una vida.Y documentarlo con imágenes.

No es que yo esté en contra de ello, en general no me parece ni bueno ni malo, es sólo una costumbre, pero creo que hay límites. Como la gente que va a los conciertos a registrarlos en sus celulares. ¡Aaah, los odio! Si ya pagaron por ver a su banda preferida, pues disfrútenla, pongan atención, vean, bailen, griten de emoción, abracen a sus amigos, pero disfruten estar ahí.

Sin embargo, hay cosas peores. Por ejemplo, un día estaba leyendo el periódico y me topé con una foto y una nota de la “Expo Sexo y Entretenimiento”. La imagen mostraba a una stripper haciendo su trabajo en un escenario, y frente a ella un público que no la veía sino a través de sus cámaras. Sólo había un señor que la observaba con sus propios ojos.

La vida cotidiana está llena de mujeres desnudas o semi desnudas. Internet está plagada de ellas, aparecen en los calendarios, los periódicos deportivos, la televisión, los anuncios, las redes sociales, el cine, en todos lados.

Pero aunque son millones, es difícil, casi imposible, que un hombre común pueda tener enfrente a una de ellas.

Las mujeres comunes no somos así. De manera que me pareció tristísimo que todos esos hombres perdieran la oportunidad de apreciar a una de ellas en vivo y se conformaran con guardarla en sus cámaras para verla después como las han visto siempre: Desde la frialdad de una fotografía.

Pilar Ortega