Editorial / Mayo
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No amo mi patria. /Su fulgor abstracto es inasible. /Pero (aunque suene mal) /darÃa la vida /por diez lugares suyos, /cierta gente, /puertos, bosques de pinos, / fortalezas, una ciudad deshecha, /gris, monstruosa, / varias figuras de su historia,/ montañas /y tres o cuatro rÃos. José Emilio Pacheco
Cuando era pequeño, los libros de texto gratuito (que todavÃa se siguen obsequiando a todos los alumnos de primaria del paÃs) llevaban en la portada la efigie de una señora de rasgos mestizos con una túnica blanca sobre los hombros. En su mano derecha sostenÃa un libro abierto y con la izquierda empuñaba el asta de una bandera que ondeaba detrás. En segundo plano podÃa verse un costal del que sobresalÃan toda clase de cosas: Desde mazorcas de maÃz, calabazas, papas y frutas, hasta columnas griegas y prehispánicas. Y al fondo de la composición, un águila con las alas desplegadas devorando una serpiente.
Era sin duda un retrato poderoso. Cómo podÃamos siquiera dudar que esa señora fuera otra que nuestra mismÃsima Patria, si durante seis de los más cruciales años de nuestras vidas la veÃamos estampada en decenas y decenas de libros repartidos por millones a través del territorio nacional, sin importar si se asistÃa a la escuela más cara o a la más humilde de las aulas rurales de algún rincón olvidado del paÃs.
Hoy, como tantas otras cosas, la tal señora ha desaparecido de los libros de texto gratuito. Una noción de patria tan esquemática, tan rÃgida y –me atrevo a decir– tan caricaturesca, se nos figurarÃa hoy tan demagógica y kitsch como las ilustraciones horrendas y magistrales de Jesús Helguera en las que parecÃa basarse. Es más, me aventurarÃa a afirmar que incluso la noción de patria, hasta la palabra misma, se han desvanecido de nuestras vidas.
Por eso, el poema de José Emilio Pacheco que me sirve de epÃgrafe y que se llama “Alta Traición†resulta hoy tan sorprendente: Porque fue escrito hace más de 35 años, cuando todavÃa se cernÃan sobre nosotros las sombras de esa mexicanidad forjada en piedra y en cobre que nos querÃa a todos uniformes, a todos sometidos y a todos en paz.
Hoy sà (¡ay!), la paz se ha ido. Pero también la uniformidad, la unidad, la grisura del régimen del partido único… Y también nuestra señora de los libros de texto. Recemos por su eterno descanso.
Mauricio Hammer



