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“Somos una sociedad de consumo que trafica con imágenesâ€, afirmó hace ya muchas décadas el célebre fotógrafo y cineasta Haskell Wexler. Y esto fue mucho, mucho antes de que existieran las cámaras digitales, las computadoras personales o el internet.

Hoy, ante estas realidades, podríamos afirmar que nos hemos vuelto prisioneros de las imágenes. Que éstas nos controlan y compiten con la vida misma: No podemos escapar de ellas aunque queramos. Basta con tener un celular y una tarjeta de unos cuantos megas para capturar (o ser capturados en) cientos, miles de imágenes.Y así, cada evento, cada gesto, cada sitio que visitamos, cada instante, quedan atrapados en el tiempo. Querámoslo o no.

El otro día vi un documental del genial Errol Morris llamado Standard Operation Procedure, acerca de la tortura a sospechosos de terrorismo en la prisión iraquí de Abu Ghraib. Desde luego, el filme es una denuncia de los horribles métodos de interrogación utilizados ahí, pero en realidad la reflexión de Morris va mucho más allá. Porque resulta que la principal fuente de información que tenemos sobre esas torturas proviene justo de las fotos que los propios soldados, los torturadores mismos, tomaron con sus camaritas y celulares. Y lo que Morris trata de averiguar es por qué estos soldados, casi todos jóvenes, casi todos con caras de buenas personas, no sólo incurrieron en terribles excesos, sino que los consignaron en fotos que luego ellos mismos se encargaron de dar a conocer al mundo, lo que acabó por llevarlos a cumplir penas en prisión. Y la respuesta que se trasluce tras escuchar sus testimonios resulta verdaderamente terrorífica por banal: Porque tenían camaritas. Pero –y esto es lo más terrible del caso– fueron las camaritas, o el afán de tomar fotos “divertidasâ€, lo que los orilló a humillar aún más a los prisioneros.

A fin de cuentas, la cámara exige una cierta puesta en escena, una cierta pose, para resultar interesante. Los soldados cometieron el doble crimen de torturar a los prisioneros y de exponerlos brutalmente al escarnio y a la vergüenza. Y a uno le queda la sensación de que lo que los condujo a la cárcel, lo que obligó al gobierno de Estados Unidos a consignarlos fue, más que los terribles actos que cometieron, haber dado a conocer esas fotos.

Está también, claro, la espléndida puesta en evidencia de John Galliano como simpatizante de Hitler, que lo llevó de la cima del éxito al oprobio en unos días, gracias a que unas mujeres llevaban una camarita cuando les dijo: “Amo a Hitler, la gente como usted tendría que estar muerta. Su madre, su padre, todos, en la cámara de gas”.

Para bien o para mal, las imágenes han tomado el control y con él, han arrasado para siempre con la barrera que separaba lo público de lo privado.

Mauricio Hammer