Editorial / Febrero

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Todo parece indicar que en este 2012 se habrá de librar, parafraseando al extinto dictador Saddam Hussein, la madre de todas las batallas contra la piratería cibernética.

Tras la muy sonada detención del jefe de Megaupload, Kim Dotcom, y sus secuaces, las cosas para las mafias que trafican y se enriquecen a su antojo con contenidos creados legítimamente se ven realmente complicadas.

Yo sé que hay mucha gente a la esto le enoja, incluso le enfurece.Y lo entiendo: Qué mejor que disponer de sitios en donde sea posible ver las series y películas que a uno le gustan y bajar toda clase de música sin pagar un solo centavo. Después de todo, ¿a quién le gusta pagar? Pero el caso es que, míresele por donde se le mire, eso es un robo: Quienes crearon estos materiales invirtieron millones de dólares en su producción, distribución y difusión, trabajaron durante meses e incluso años para lograrlo. Y entonces llegan estos verdaderos gángsters cibernéticos y suben todo a sus redes (ofreciendo en ciertos casos unos cuantos miles de dólares a quienes suben cosas muy populares), lo hacen disponible a todo el mundo y luego cobran por la publicidad y hasta por sus servicios premium. Y de ese dinero, los realizadores nos ven un clavo jamás. Si alguien dudaba que éste es un negocios de mafiosos, baste ver la tremenda fortuna, la colección de coches y motos y helicópteros que Dotcom acumuló en unos cuantos años, igualito que los narcos y otras joyitas que circulan por ahí.

Si la famosa ley Sopa nos escandalizó por excesiva, al grado de que el propio presidente Obama consideró necesario echarla para atrás, lo que parece un hecho es que las reglas del juego en internet tendrán que cambiar y proteger mejor a los creadores de contenidos, las verdaderas víctimas de una tecnología que los rebasó y los dejó indefensos y pasmados.

Mauricio Hammer