Editorial / Diciembre
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Leo que Charly Alberti solicita que “dejen ir†a Gustavo Cerati. Han transcurrido ya casi 16 meses desde que Gustavo sufriera un accidente cerebrovascular mientras se encontraba de gira en Caracas, y desde entonces permanece en estado de coma y con asistencia respiratoria en una clÃnica de Buenos Aires.
Tal vez sus familiares y amigos, como Charly GarcÃa, que lo ha dicho asÃ, esperan un milagro.
O tal vez sea esa propensión, tan argentina, de mantener vivos a como dé lugar a sus muertos (como sucedió con Evita Perón, cuyo cadáver se empeñaron en mantener embalsamado y preservado por muchos años), pero el caso es que Gustavo Cerati hace mucho que no está realmente vivo: No puede cantar, ni componer, no puede reÃrse, ni comer. Ni siquiera es capaz de respirar por sà solo. En una entrevista, su madre relata cómo ha atestiguado los “pequeños avances†de Cerati: Movimientos espontáneos de su cabeza y sus miembros, derramamiento de lágrimas.Y también asegura que las máquinas revelan cierta actividad cerebral.Y ello, por supuesto, alimenta las esperanzas que ella y muchos más abrigan de que alguna vez reaccione y regrese a la normalidad. La pregunta, sin embargo, es si es esto posible y, más allá de ello, el precio que el propio músico y quienes lo rodean están pagando por esta esperanza en términos de desgaste, de angustia, de no ser capaces ni de tenerlo ni de soltarlo.
Es imposible ponerse en los zapatos de la madre, la hermana, los hijos de Cerati. Sólo ellos son capaces de tomar decisiones con respecto a qué hacer en una situación como ésta. Pero no se puede ignorar el pedido de Alberti, sin duda una de las personas más próximas a Gustavo, y de quien ha dicho que lo considera “su hermano mayorâ€.
Para la tradición de la que provengo, la vida es lo más sagrado que existe. Pero cabe preguntarse si al defender de la muerte a alguien en este estado se está defendiendo realmente la vida o solamente se intenta postergar el dolor de la pérdida.






