Bowling Green, Kentucky, es una localidad estadounidense cuya población apenas rebasa los 60, 000 habitantes, población donde descolla un grupo de seis individuos: Matt Shultz (voz), Brad Shultz (guitarra), Jared Champion (batería), Daniel Tichenor (bajo), Nick Bockrath (guitarra) y Matthan Minster (piano/guitarra), los cuales debutaron el 23 de junio de 2008 con un disco homónimo: Cage The Elephant, que desde el inicio fue una declaración de intenciones sónicas que los hizo despuntar con base en sus instrumentos conectados a la esencia del rock, la neo-psicodelia y el garage, elementos ejecutados con estridencia y contundencia.
Y es que una auténtica detonación y conexión automática con el público fue lo que ocurrió al interior del Pepsi Center WTC la pasada noche del 21 de octubre, ya que cuando la banda pisó el escenario e hizo sonar los primeros acordes de “Broken boy”, eso bastó para que la audiencia a ras de suelo se tornase a estado primitivo y se abalanzara hacia el frente brincando de adelante hacia atrás al tiempo que la cerveza salpicaba por doquier. Genuino estado de inconsciencia y electricidad fue el que corría por la espina dorsal y extremidades de los ahí presentes que compartían la potencia y despliegue escénico e histriónico que comanda Matt Shultz, el cual siempre se vale de ropajes, antifaces, sombreros y diversos accesorios para transmitir mensajes corporales ambiguos a través de cada canción, tal y como ocurrió cuando de inmediato tocó el turno de retumbar a “Cry baby”.
Apreciar en directo ese despliegue de energía fue algo digno de observar en directo, ya que son los apellidados Shultz los que se dirigen al público y hacen toda clase de ademanes para incitar y provocar reacciones ante quienes tienen debate de sí, mientras que el resto de la banda muestra máxima concentración para que cada nota aceleré el ritmo cardiaco y se clave hasta lo más hondo de las emociones.
Clara muestra de lo anterior lo conformó el bloque compuesto por “Spidehead”, “Too late to say goodbye”, “Cold cold cold” y “Ready to let go”, piezas que cedieron necesario espacio a “Social cues”, corte homónimo del nuevo álbum que devela nuevas facetas donde efectos, tecnología y evocaciones cinematográficas provenientes de la Nouvelle Vague han asumido un rol más notorio, cuestión que compartida por “Tokyo smoke”.
Todo organismo necesita al menos un momento de tregua y eso sucedió cuando “Mess around”, “Trouble” y “Skin and bones”, disminuyeron un poco las revoluciones, pero no la intensidad que volvió a elevarse cuando el bluegrass vitaminado de “Ain’t no rest for the wicked” encendió de vuelta las turbinas que irradiaron también calor y emotividad a “Telescope”, “House of glass”, “Come a little closer”, la cual labró el terreno perfecto para la emoción que desbordan “Shake me down”, “Cigarrete daydreams” y “Teeth”, canción que impulsó a Matt brincar la barrera que divide el escenario del público para adentrarse metros adelante y erguirse entre la gente a manera de coronación de la experiencia compartida hasta esos momentos.
Lo que prosiguió fue uno de esos cierres más conmovedores e inesperados que cualquiera hubiera podido anticipar, ya que tan solo con guitarra, teclados y voz fueron interpretadas de manera semi acústica y minimalista “Love’s the only way” y “Goodbye” donde en ambos casos los mensajes son claros y hasta necesarios para determinados sectores de nuestra sociedad tan golpeados cotidianamente. Seguramente muchos esperaban un final tan explosivo y a la altura del arranque de la sesión, pero francamente ese cierre reflexivo para marcharse con alegría es lo que hará compartir con quien haya la oportunidad de platicar que se estuvo presente en ese concierto donde fue posible ver a un vocalista que corría y saltaba de un extremo a otro, se tiraba al suelo e incluso se colocaba de costado para elevar sus piernas y estirar los pies lo más posible, todo esto mientras el resto de la banda daba todo de sí.
Este fue el recuento de daños físicos y emocionales tras ser embestidos por un grupo de elefantes.
 
Por: J. Alejandro Rojas Luna
Fotos: Lulú Urdapilleta / OCESA
 
 
P.D. Y a manera de prólogo, para efectos de este texto, pero que en realidad fue el epílogo de lo que sucedió en en Pepsi Center, yace la apertura del evento que hizo la excepcional banda Spoon, esa que fue fundada en la ciudad de Austin, Texas, en 1993, y sobre la cual los años no han hecho mella alguna, por el contrario, ahora es todavía más potente cuando debe serlo y elaborada cuando requiere marcar contrapuntos.
Nueve son los discos de estudio los que ha creado este quinteto que ha abarcado art rock, genuino indie, folk, garage, post-punk y rock experimental, y de los cuales ocupó los álbumes They Want My Soul (2014), Ga Ga Ga Ga Ga Ga(2009), Gimme Fiction (2005), Hot Toughts(2017), Kill The Moonlight (1995) y esa valiosa rara avis que es Covers (2019), trabajos de los cuales se extrajeron los cortes finos “Do I Have to Talk You Into It”, “The Way We Get By”, “My Mathematical Mind”, “The Underdog”, “Isolation (cover a John Lennon)”, “Hot Thoughts”, “Don’t You Evah”, “Do You, Inside Out”, “I Turn My Camera On” y “Rent I Pay” para dejar constancia del peso específico que tiene su música y las historias que de las letras se desprenden.
Spoon sentó las bases para que la noche del 21 de octubre de 2019 sea algo digno de evocar cada ocasión que el recuerdo acuda a la memoria.