Björk hermana, ya eres mexicana” era la expresión que los mexicanos utilizábamos tras la serie de actividades que la aclamada artista realizó en nuestro país en 2017 tales como el Festival Ceremonia, su concierto con orquesta en el Auditorio Nacional y su inolvidable exposición de Realidad Virtual en el Fotomuseo Cuatro Caminos. En ese entonces amábamos a Björk, a pesar de ser una persona “muuuy estraña” de acuerdo a Pati Chapoy.

Sin embargo, su regreso a nuestro país estuvo marcado por la polémica debido a los exorbitantes precios en la sección más cercana del escenario: ¡10 mil pesos!

Gracias a un milagro interestelar del que mi sueldo millenial está totalmente agradecido, logré acreditarme con una acompañante para escribir esta reseña así que espero que cada palabra de estas 648 valga la pena ya que debo de reconocer que para mí ella representa algo así como una heroína distópica.

Pues bien, llegó el día del primer concierto de “Cornucopia” (espectáculo dirigido por Lucrecia Martel) en el Parque Bicentenario una especie de jardín botánico lleno de orquídeas y de parejas sentadas en el pasto. Yessie/ #newpartnerincrime y yo nos encaminamos a la entrada general pero vimos algo muchísimo más interesante: el catering.

Ni lentas ni perezosas logramos colarnos y es ahí donde conocimos al coro mexicano de Björk (no se trajo al islandés porque le salía mucho más caro). Una serie de encantadoras sopranos con los ojos fuertemente maquillados de colores dignos de unicornios, quienes nos confesaron que se estaban cagando de miedo y que sentían un dejo de tristeza debido a que no les había tocado llevar el antifaz especial. Haciendo gala de mi gallardía sarcástica, logré animarlas al convencerles que sería increíble ya que así todo mundo podría reconocer sus caras en el escenario.

Tras esta actividad lúdica-gastronómica, llegamos al recinto que era una carpa enorme digna del mismísimo circo de los Hermanos Vázquez. El escenario era cubierto por algo parecido a una cortina de hilos muy finos en donde posteriormente se proyectarían los magníficos audiovisuales.

Como aún faltaba un buen rato para que comenzara, decidimos probar la cocktelería cuyos tragos obviamente tenían los nombres de algunos de sus materiales discográficos. El “Utopía” era vodka con un color azulado precioso y el “Biophilia” era un mezcal fuertísimo que consiguió marearme pero que cumplió con su cometido de matar el tiempo en lo que el show del cuerno de la abundancia comenzaba.

La cortina/telón transparente se llenó de proyecciones que remitían a un universo psicodélico-microscópico dejando entrever las siluetas de las flautistas islandesas y el coro quienes se movían en una especie de hipnosis sincronizada. “Family”, “Gate” y “Utopia” fueron los primeros temas que interpretaron bajo la atenta guía de Björk quien lucía una elaborada máscara creada por el artista James T. Merry y un impresionante vestuario de Balmain.

Tras interpretar éxitos como “Isobel” y “Venus As a Boy” enmarcados por las flautas, el arpa y las percusiones, se produjo una breve pausa en el show en donde se explicó la utopía del proyecto de Cornucopia y de cómo este busca ayudar a generar conciencia en la audiencia respecto a nuestro futuro y a los inminentes problemas del cambio climático aunque no estoy segura si permeó el mensaje en los espectadores pues al día siguiente leí los status de algunos amigos de Facebook que asistieron a la experiencia con la misma actitud de siempre… ¡Denmen 10,000 pesos!

A nivel personal, considero que la inclusión de instrumentos únicos como el de la flauta circular constituyó un gran aporte a nivel técnico. Björk como siempre, estuvo impecable en su performance aunque yo de vez en cuando echaba un vistazo a mi acompañante para checar si lo estaba disfrutando, ¡uno nunca sabe!

Para terminar el concierto, todos nos pusimos de pie para danzar al ritmo de la imponente “Notget” en una de las noches más interesantes y esperanzadoras del 2019.

Por: Pamela Fink