[CINE] Hay películas imprescindibles y “La música nunca dejó de sonar”

La música nunca dejó de sonar (The music never stopped) es el título del filme estrenado en enero de 2011, basado en el caso clínico “El último hippie”, de Oliver Sacks (autor de “Despertares”, “El hombre que confundió a su mujer con un sombrero”, “Musicofilia”), quien, en su momento, describió detalles en su libro “Un antropólogo en Marte”. El neurólogo hablaba del caso de un paciente que tras realizarle exploraciones cerebrales se reveló un considerable tumor en la línea media que destruía la glándula pituitaria, zonas adyacentes, lóbulos temporales y diencéfalo, por lo que debido a la tardía intervención no se pudo reparar el daño. Como no se podía esperar recuperación alguna, el paciente fue ingresado en un hospital para enfermos crónicos.

Es aquí donde cobra forma La música nunca paró, donde el espectador puede conocer el tratamiento de la musicoterapia, comprender cómo funciona y cuál es su rol en un tratamiento de enfermedades como la del síndrome de lóbulo frontal. A su vez se puede comprender que es posible contar con esta terapia en diversos campos de aplicación, saber que existe y que podemos nosotros, nuestras familias o personas cercanas, beneficiarnos con la musicoterapia.

Y todo esto sucede en una narración que retrocede a los años 60’s y regresa al presente de mediados de la década de 1980, donde Gabriel (Lou Taylor Pucci), es un rebelde hijo único que a los 17 años, en 1967, se va de la casa familiar para reaparecer 18 años más tarde como un hombre de 35 años, desaliñado, de mirada perdida y que requiere le sea tratado un tumor detectado, pero con la consecuencia de ver afectada su memoria de corto plazo y además de limitarle severamente su memoria de largo plazo para recordar cosas como su nombre y cumpleaños, aspectos que serán tratados con musicoterapia que aporta el personaje de la doctora Daly, quien detecta que su memoria semántica seguía intacta y podía aplicar conocimientos matemáticos en situaciones actuales sin problemas. Asimismo, Gabriel aún sabía como tocar la guitarra (era gran seguidor de Greatful Dead) e incluso amplió su repertorio. Los lugares dentro del hospital comenzaron a serle más familiares y podía desplazarse sin perderse por su pasillos.

Debe reconocerse que hay cierta previsibilidad en las secuencias retrospectivas que no aportan mucho a la película. Pero las escenas en el presente salvan el filme. Los médicos descubren que la música despierta a Gabriel de su estado casi catatónico, y hasta pudiera ayudarlo a recuperar su memoria. Pero no cualquier música; tiene que ser rock de los 60’s, aquel que vivió intensamente en la juventud.

Así que el padre, Henry (J.K. Simmons), que desea desesperadamente reconectar con el hijo a quien echó de la casa, deberá aprender a amar la música que ocasionó el distanciamiento. El curso de inmersión de Henry en la música de los 60’s le da Jim Kohlbert, el director de la cinta, una excusa para tocar una lista extraordinaria de canciones y también transformar a un hombre que carga con el peso de su arrepentimiento, a uno con esperanza reflejada en los momentos donde se nos presenta a Simmons con camiseta y pañuelo teñidos al estilo hippie. Escena memorable.

Cualquiera que sea el caso, uno de los mejores trucos de esta película es la manera en que actúa como su propia forma de musicoterapia, dejando a la audiencia valorando en sus propios recuerdos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

PageLines