Por Mauricio Hammer

Ahora que son días de guardar tras la muerte de Carlos Monsiváis, los periódicos se han llenado de anecdotarios de quienes convivieron alguna vez con él y que nos lo muestran de cuerpo completo: Un hombre dotado de una memoria y una agilidad mental excepcionales, un cronista fino y agudo, un cinéfilo consumado, un coleccionista voraz, un humorista en serio.

Yo no tuve el privilegio de ser amigo de Monsiváis, así que no puedo contar mis anécdotas, además de que –como dice un amigo–, por ese camino nos esperan veinte años de historias, porque él sí conocía a todo mundo. Lo que puedo decir es que le debo muchas cosas: En las páginas de su suplemento (La Cultura en México) encontré los primeros espacios para publicar artículos, reseñas y traducciones. Gracias a este mismo suplemento (que leí y coleccioné ávidamente en mi adolescencia y que todavía conservo empastado en keratol rojo), tuve mis primeros encuentros con autores como Foucault, Calvino, Sontag, Mailer o Hans Magnus Enzensberger. Siempre que alguien era noticia o cada vez que alguien moría,
“el suple” era el sitio para ir a buscar y entender la importancia de dicho personaje en la cultura.

Disfruté mucho (memorizando incluso su hermoso epígrafe ilustrado) su libro sobre el ’68, Días de Guardar. Gocé, a veces hasta el paroxismo, su sección “Por Mi Madre Bohemios”, en la que semana a semana ridiculizaba las declaraciones públicas de funcionarios, estrellas, líderes empresariales y jerarcas de la Iglesia; me divertí mucho leyendo Amor Perdido al ver plasmadas en ingeniosa prosa muchas de las intuiciones que ya tenía sobre los personajes de aquel momento.

Las pocas ocasiones que hablé con él o lo visité en su casa, no estuvieron exentas del comentario ácido sobre algún conocido mutuo que “no tenía el pulgar oponible” o “era un indigente cultural”. Ahora que Carlos murió, he vuelto a leer el artículo de Letras Libres donde Luis González de Alba revela su lado oscuro y lo acusa de ser un cacique, un manipulador, un escritor sin sustancia. Supongo que también fue todo eso y muchas otras cosas. Después de todo, nadie lo es todo para todos.

Yo, por mi cuenta, me quedo con la idea de que Monsiváis era una de esas figuras con las que uno siempre contaba y de las que jamás pensó prescindir. Era importante lo que tenía que decir sobre todo lo que pasaba en el país. Y ahora que se ha ido, es imposible escapar a un cierto sentimiento de orfandad.