Por Pilar Ortega

En 1993, Bill Murray protagonizó una película, Groundhog Day, en la que quedaba atrapado en un día. Cada mañana, amanecía en el mismo pueblo volviendo a vivir el mismo día. Un amigo me decía que le había angustiado mucho la idea, porque le parecía una vida aburridísima. Yo pensaba que no tenía por qué serlo, puesto que, sabiendo que cualquier cosa que hiciera terminaría ese día, podía dedicarse a vivir situaciones que un
humano común jamás podría experimentar.

Me parecía, de entrada, la máxima expresión de una vida sin consecuencias. Claro que si el sitio era un pueblito del medio oeste norteamericano, y no una ciudad como Nueva York, seguramente a la tercera semana ya estaría uno alucinando a la mesera que lo atiende en la única cafetería que hay, o al señor que insiste en hablar acerca de las bondades de cierta
marca de podadoras y cosas así. De manera que la idea, finalmente, no resultaría tampoco tan divertida.

Otro amigo fantasea con tener una máquina del tiempo. Y cómo no hacerlo, si un artefacto de este tipo le permitiría a su poseedor conocer cualquier lugar del mundo en cualquier
época, no sólo en el pasado, sino en el futuro. Esta alternativa sería, por supuesto, mucho más atractiva que interactuar con la misma gente en un mismo lugar.

Sin embargo, como bien nos lo ha dejado saber la ciencia ficción, aquí las cosas no son tan sencillas. Porque siempre resulta que cualquier cambio, por más mínimo que sea, en
el curso de la historia, modificaría el futuro (o el pasado), y las consecuencias de ello incluyen desde que resultara que uno no nació, hasta catástrofes terribles. Algo no tan fácil de asimilar moralmente como, por ejemplo, hacerle una mala endodoncia a alguien que mañana ya no la tendrá.

Y, bueno, además está el asunto de que uno no viajaría tan cómodamente como lo hacía Marty McFly en Volver al Futuro, o Malcolm McDowell en Time After Time, (aquella película en la que personificando a H. G. Wells viajaba a los años 80 del siglo pasado persiguiendo a Jack el Destripador), sino que, antes de poder bajarse de la máquina siquiera, pasaría por agonizantes dolores y problemas físicos y psicológicos similares a los que experimentan los astronautas.

De manera que ninguna de estas alternativas, por más atractivas que parezcan en un principio, incluso si pudieran volverse reales, serían a fin de cuentas tan buenas. Por más que se quiera, sólo es posible escapar de la realidad en la imaginación, pero ésta, a diferencia de loops espacio/temporales o máquinas del tiempo, es infinita, y es lo mejor que tenemos para poder hacer de hoy un gran día.

Así es, esta vez aquí no habrá cinismos, ni quejas, ni provocaciones. Hoy soy feliz.