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Editorial

Tornamesa - 7 enero, 2010 - 0 Comments

En las películas, en las novelas, en el imaginario colectivo de muchos países, México ocupó durante mucho tiempo el lugar de un sitio violento, despiadado, cruel. Un sitio sin ley y sin orden donde reinaban los bandoleros y los forajidos.

Desde luego, estas ideas tenían un sustrato de verdad: se basaban en la imagen de figuras como Chucho El Roto o el Tigre de Santa Julia, pero su forma más acabada la alcanzaron con el personaje de Pancho Villa, un revolucionario para los mexicanos, pero para Hollywood y (por lo tanto para) el mundo el más sanguinario y temible de los bandidos.

Hoy que nos encontramos sumidos en este mar de sangre y miedo, cuando cada diario y cada noticiero da cuenta de un sinfín de crímenes y esta guerra que vivimos ha dejado de limitarse a los narcos y las fuerzas del orden para alcanzar a estudiantes, transeúntes y ¡hasta niños!, sin duda hemos recuperado en los ojos de los demás países la imagen de un sitio violento, despiadado y cruel.

No obstante, y aunque parezca increíble, yo que nací en este país y que siempre he vivido en él puedo afirmar que crecí en un México bastante apacible, con una cuota mínima (si eso existe) de crímenes que casi siempre tenían una cierta lógica y donde la gente era, básicamente, muy buena. Yo (y todos mis amigos) salíamos a la calle sin el menor temor, utilizábamos los transportes públicos solos desde muy pequeños, circulábamos en bicicleta sin más riesgo que el de ser atropellados (no asaltados, ni secuestrados), e incluso nos movíamos con mucha libertad por toda la República. Recuerdo de muy joven haber hecho viajes a Acapulco, a Oaxaca, a Guanajuato, solo o con amigos de mi edad y sentirme siempre muy tranquilo, sin que mis padres se preocuparan. Supongo que me tocó una especie de paréntesis, un momento especial de nuestra historia. Tiempos mejores dirían algunos, la paz priísta, anotarían de inmediato los más cínicos.

Ahora que soy padre, en cambio, ni loco dejaría a mis hijos andar así por las calles o por el interior del país. Cuando salen, que por supuesto lo hacen, y a menudo, no puedo evitar preocuparme. Y no creo ser el único.

¿Volveremos a ser alguna vez el país seguro, tranquilo y amable que un día fuimos?  Yo, como la mayoría de la gente, lo veo difícil, muy difícil. Y mucho menos cuando leo una entrevista con el arquitecto suizo Jacques Herzog donde le preguntan si su hijo juega en la calle de ¡Basilea! y él dice “….mucho menos que yo (…) las ciudades cambian por el miedo (…) hoy incluso en Suiza, muy poca gente juega en la calle”.

Y sin embargo es claro que puede suceder, como ya nos sucedió en el pasado y como ha ocurrido en algunas partes del mundo. Tal vez mañana volteemos hacia atrás y veamos estos tiempos aciagos como un episodio triste pero aislado de nuestra historia.

Mauricio Hammer

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